Santillana del Mar, a unos 35 minutos de Bareyo, se recorre en una mañana: su casco histórico de calles empedradas y casonas del XV al XVIII, la Colegiata de Santa Juliana —templo románico con claustro, entrada 3€, cerrado los lunes— y la Neocueva de Altamira, a un paseo del centro. Aparca en la entrada del pueblo, no en el centro.

Santillana del Mar es, para muchos viajeros, la imagen que se llevan de Cantabria cuando vuelven a casa: calles de piedra sin apenas coches, casonas con escudos nobiliarios en la fachada y un silencio que solo rompen las campanas de la Colegiata. Fue uno de los primeros conjuntos declarados Histórico-Artísticos de España, en 1889, y desde entonces apenas ha cambiado su trazado medieval.

Vista general de una calle empedrada del casco histórico de Santillana del Mar, con casonas de piedra

El pueblo arrastra un dicho que resume su nombre con humor: «el pueblo de las tres mentiras, porque ni es santa, ni es llana, ni tiene mar». El nombre viene de Sancta Iuliana, la santa cuyas reliquias se veneran en la Colegiata, y el mar queda a varios kilómetros, hacia Suances. Lo de llana tampoco se sostiene del todo si caminas sus calles en pendiente. Nada de eso resta un ápice a la visita, que sigue siendo una de las paradas obligadas de cualquier ruta por Cantabria.

Qué ver en el casco histórico de Santillana del Mar

La visita empieza casi siempre en la Calle de las Lindas o en el Cantón, las dos arterias principales del pueblo. Ahí se concentran las casonas más fotografiadas, muchas levantadas con el dinero de indianos que hicieron fortuna en América: soportales de piedra, balconadas de madera y escudos de armas tallados sobre el dintel de la puerta. No hace falta guía para disfrutarlo: basta con caminar despacio, mirar hacia arriba y dejar que las dos horas que recomienda la oficina de turismo se conviertan en tres. Los talleres de artesanía y las tiendas de queso y sobaos ocupan hoy los bajos de muchas de estas casonas.

La Colegiata de Santa Juliana

En el extremo del pueblo, la Colegiata de Santa Juliana es la razón por la que existe Santillana del Mar: un monasterio fundado en torno a las reliquias de la santa que, con los siglos, dio nombre a todo el núcleo. Se puede visitar el templo, el claustro románico —uno de los mejor conservados de Cantabria, con capiteles historiados que narran escenas bíblicas— y una pequeña muestra sobre la vida de la santa. Abre de 10:00 a 13:30 y de 16:00 a 18:30, cierra los lunes, y la entrada de adulto cuesta 3€.

Fachada románica de la Colegiata de Santa Juliana en Santillana del Mar

La Torre de Don Borja y el Museo Diocesano

Junto a la Colegiata hay dos paradas que suelen quedarse fuera de la ruta rápida y merecen los quince minutos extra. La Torre de Don Borja, del siglo XV y ampliada en el XVI, es hoy sede de la Fundación Santillana: se pueden visitar sus salones, tres bibliotecas históricas y una colección de arte contemporáneo. Muy cerca, el Museo Diocesano Regina Coeli ocupa un antiguo convento dominico del XVI y fue, en 1967, el primer museo diocesano de España: reúne cerca de 800 piezas de arte religioso, con una sala dedicada al paso del Camino de Santiago por Cantabria.

La Neocueva de Altamira, a un paseo del centro

A menos de diez minutos andando desde la plaza mayor está el Museo de Altamira, con la Neocueva: una réplica exacta de la cueva original y sus pinturas rupestres de bisontes, de más de 14.000 años de antigüedad. La cueva auténtica lleva cerrada al público general desde 2002 para proteger las pinturas —solo un grupo reducido puede acceder cada semana por sorteo—, así que la Neocueva es, para prácticamente cualquier visitante, la única forma real de verlas de cerca. Si quieres profundizar antes de ir, tenemos una guía completa de las Cuevas de Altamira con horarios y consejos de visita.

Entrada exterior de la Neocueva de Altamira, junto al Museo de Altamira

Dónde comer en el pueblo

El casco histórico tiene varias opciones para comer sin salir de las calles de piedra, casi todas centradas en cocina cántabra tradicional: cocido montañés, carnes a la parrilla y pescados del Cantábrico. Uno de los referentes desde hace décadas, en pleno centro, es el restaurante Los Blasones.

Fachada exterior del restaurante Los Blasones en Santillana del Mar, luz diurna

Lo que hay que saber

Aparcamiento: el centro es peatonal, así que deja el coche en alguno de los parkings de la entrada del pueblo (de pago en temporada alta) y entra caminando. Duración: cuenta entre 2 y 3 horas para el casco histórico, y media jornada si sumas la Neocueva de Altamira. Cómo llegar: por la A-8 y la CA-131, unos 35 minutos desde Bareyo. Mejor momento: primera hora de la mañana o última de la tarde, cuando bajan los grupos de autobús. Pasear por el pueblo es gratis; solo se paga entrada en monumentos concretos como la Colegiata, la Torre de Don Borja, el Museo Diocesano o el Museo de Altamira. La oficina de turismo de Santillana del Mar tiene horarios actualizados de todos ellos.

«Ni es santa, ni es llana, ni tiene mar» — y aun así, sigue siendo uno de los pueblos que mejor resume Cantabria en un par de horas de paseo.

Santillana del Mar funciona bien como excursión de medio día desde Bareyo: se visita por la mañana, se come en el pueblo y se vuelve a tiempo para la tarde en la playa o en la ría de Ajo. Es de esas escapadas que conviene tener apuntadas para cuando lleguen los primeros huéspedes de Villa Camino y Villa Monte, con la disponibilidad ya abierta para septiembre de 2027.